Las contracturas. Somatización de nuestro estado mental.

Una de las dolencias más comunes y que seguramente todo el mundo hayamos pasado alguna vez (y muchas veces, constantemente) son las contracturas.

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Las contracturas suelen aparecer de forma repentina e inesperada: un dolor intenso en una región muscular que nos impide movernos normalmente, debido a un contracción involuntaria del músculo en cuestión.

Pueden ser muchas las causas que provocan las contracturas:  movimientos repetitivos, un sobreesfuerzo muscular, un mal gesto; pero, en muchas ocasiones, no solo se deben a una cuestión meramente física, sino que nuestro estado mental ejerce una gran influencia a la hora de padecer esta temible molestia.

 

Hace unos años, una compañera de trabajo, en una situación de bastante tensión en la empresa, fue obligada a darse de baja por su médico de cabecera, ya que tenía toda la espalda contracturada. El motivo fue la situación de estrés que estaba sufriendo, sin embargo, ella aseguraba que, “mentalmente” se encontraba dispuesta a afrontar cualquier situación. Sin embargo, su cuerpo no reflejaba lo mismo…

Hoy día, con la crisis generalizada, la frustración, la angustia que nos supone nuestra situación o la de los demás, las noticias sensacionalistas, el estrés del trabajo (o de no poseer trabajo), el miedo, la inseguridad… todo ello son factores de alto riesgo para sufrir la dolorosa contractura.

No obstante, dentro de lo malo, no es lo peor. Una gran parte de contracturas se debe, como hemos dicho, a situaciones de estrés y de tensión, sin embargo, aunque muy molesta, realmente es una dolencia que no reviste especial gravedad para nuestra salud. Pero sí es un aviso de que algo no está marchando bien, que debemos prestar atención a nuestro estado emocional y detectar aquello que nos produce esa situación en nuestra musculatura. Como bien sabemos, el estrés, las preocupaciones y las tensiones, pueden derivar en problemas muchísimo más graves que incluso pueden poner en riesgo nuestra vida.

Padecer una contractura es un aviso de nuestro cuerpo y nuestra mente: algo debemos de cambiar.

Y para ello, es fundamental aprender a leer el cuerpo. A realizar un ejercicio de introspección que nos ayude a conocernos, a comprender qué está sucediendo en nosotros: en nuestro cuerpo, en nuestra mente, en nuestro espíritu… A establecer una comunicación constante con nosotros mismos.

Algunos expertos han estudiado en profundida este tipo de dolencias, y han establecido cierta relación entre determinados estados de ánimos y emociones y el lugar en que se produce la contractura:

– Una contractura en la zona cervical y hombros suele estar relacionada con la ansiedad y el estrés, con las preocupaciones.

– Una contractura en la zona dorsal se asocia con el ámbito afectivo: problemas familiares, afectivos…

– Una contractura en la zona lumbar se asocia al miedo y a la sexualidad.

Conocer nuestro cuerpo, nuestra mente, tener una mirada clara y objetivo hacia nuestro mundo interior y hacia el mundo exterior nos ayuda quizás a entender este tipo de lesiones con afán de poder evitarlas o al menos, permanecer alertas.

El Yoga puede ser una solución para ello.

 

Como ya hemos comentado, muchas de estas dolencias no solo tienen que ver con un aspecto físico, sino que en más ocasiones de las que nos gustaría, nuestro estado mental es capaz de provocar la contracción muscular involuntaria.

Para ello, no es suficiente con hacer ejercicio, dieta sana o estirar el cuerpo; también debemos prestar atención a nuestro estado mental y a nuestro “estado ambiental”.

Las técnicas del Yoga, a diferencia de otras disciplinas, tratan al ser humano como un todo (cuerpo, mente, espíritu). Esa asana que vemos hacer, no solo resulta un estiramiento: en ella van hiladas movimiento, respiración, mente y espíritu. A través de las asanas, aprendemos a leer el cuerpo, a sentirlo, a conocerlo y comunicarnos con él, con aquellas sensaciones que nos transmite. Como si estuviéramos montados en una barca, vamos bordeando el río, tomando conciencia de todo lo que nos cuenta constantemente.

Esta concepción de nosotros mismos nos ayuda a aprender a escuchar al cuerpo, a entender su lenguaje sutil, su constante comunicación, a prevenirnos de aquello que le viene mal y a asegurarnos aquello que le viene bien.

El Pranayama, los ejercicios de respiración, nos pone en comunicación con nuestro mundo mental. Nos ayuda a dar descanso a la mente, a ser consciente de los pensamientos, de las emociones, de los miedos… Nos ayuda a detectar ese pensamiento negativo, y sobre todo, a dar descanso a la mente.

Técnicas de interiorización, concentración y meditación nos ayuda a profundizar en nuestro ser. A ser capaces de asomarnos a ese hermoso lago que es nuestra mente y ver el fondo, y, a través de ese fondo, poder extrapolarnos a lo que nos rodea. A entender cómo el medio influye en nosotros, en nuestro estado de ánimo, en nuestra conducta y en nuestra salud.

El Yoga, pues, se convierte en una excelente herramienta de prevención y de autoconocimiento que nos puede ayudar a tener una vida más plena y más feliz, con independencia de cuáles sean nuestras circunstancias vitales.

¡Namasté!

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